viernes, 24 de abril de 2026

DRAGONES

Ese 23 de abril de 2026 en Bellvitge habían repartido entre los pacientes unos librillos de microrrelatos de hospital, acompañados de una rosa.

Marina le explicaba a David que había unos escritos muy bonitos, y le leía en voz alta alguno de ellos.

Ella no lo sabía, pero David llevaba en la mochila uno de sus origamis, un dragón, para regalar a alguna persona en un día tan señalado de libros, rosas y dragones. Lo había creado días atrás, y le había pegado un pequeño imán para darle la practicidad de poder pegarlo en cualquier sitio metálico y así alargar el recuerdo de una bonita historia que probablemente sucedería.

Era extraño no tener claro a quién entregarlo. Tenía en mente varias personas, pero algo le decía que ese origami no era para ninguna de ellas.

Y ahí estaba Marina, en pijama y sentada en la cama de una habitación de la planta 7, leyendo en voz alta a su tío David uno de los relatos. El título era "Donde anidan los dragones".

No daba crédito al relato que Marina le estaba leyendo. Versaba sobre dragones, hospitales y origamis. La autora se llamaba Meritxell Soriano. Era técnica en radiología, y su misión diaria era cazar mini dragones para evitar que crecieran dentro de las personas. Ella los llamaba dragones, pero se refería a cánceres en estado incipiente.

Jordi, el paciente del relato, hacía origamis. Seguramente encontraba en ellos cierta paz. Luego los regalaba, probablemente para dar sentido a lo que le sucedía —al igual que la persona que escribe estas palabras. Por eso Jordi le regaló a Meritxell una rosa de origami, tal día como hoy, pero de unos años atrás.

Aquella historia que Marina estaba leyendo resonó hondo en David. Por fin había encontrado a la persona a quien entregar su dragoncito. En gratitud por su labor, y además por el regalo de un relato tan sencillo y profundo, Meritxell sería quien recibiría aquel mini dragón.

Era media tarde, y el día acababa de empezar. El centro de Barcelona vibraba con aquella marea de personas que se paseaban a la caza de un libro, de un autor, o de una dedicatoria para regalar un libro con el sello del propio escritor.

Días atrás, David había enviado un mensaje a Elsa, la hija de Eduard Punset. Años atrás tuvo la oportunidad de trabajar junto a Eduard en un proyecto, y acababa de encontrar una foto anecdótica de aquella época. Así que creyó que sería una buena idea enseñársela a Elsa.

Elsa llevaba días ajetreada entre preparativos, viajes y publicaciones, y Sant Jordi había sido agotador. Por eso probablemente no había respondido a David. Y por eso esa tarde-noche había elegido un restaurante tranquilo y alejado de bullicios. Además, ellos ni se conocían: ¿por qué iba a contestar a un extraño del que su padre seguramente nunca le había hablado?

David había conseguido un libro firmado para su amiga Andrea. Más tarde tenía una cena con su familia, y la tarde de Sant Jordi prometía bonitos momentos. Lo que él no imaginaba era el mensaje que estaba a punto de recibir, justo en el día del libro.

Le acababan de comunicar que en junio se publicaría el libro gordo de relatos de Bellvitge. Dos de sus relatos habían sido incluidos, y en junio tendría lugar la ceremonia de publicación a la que todos los coautores estaban invitados y a los que les sería entregado un ejemplar. Otra vez no daba crédito, y todo sucedía el mismo Sant Jordi.

Pero la tarde no terminaba ahí. Por la noche, sus hijos habían hecho una reserva sorpresa en un restaurante tranquilo, en un lugar alejado del bullicio de Barcelona.

Cuál fue su sorpresa al llegar. Allí estaba Elsa, sentada sola en una mesa, recuperándose de un fantástico y agotador día en el que un dragón marcó el camino invisible de una tarde inolvidable.

Lo que pasó después con Elsa Punset y Meritxell Soriano solo acaba de empezar, y muy probablemente merecerá otro escrito.